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La mayoría de las empresas de tecnología sueñan con llevarse bien con todo el mundo: con los gobiernos, con los inversores, con la competencia. Telegram decidió hacer exactamente lo contrario. Desde su lanzamiento en 2013, la app de los hermanos Pavel y Nikolai Durov ha vivido en permanente pie de guerra: contra Rusia, contra el regulador estadounidense, contra la lógica del capital riesgo y hasta contra la policía francesa. Y aun así —o quizá por eso— superó los 1.000 millones de usuarios activos mensuales en marzo de 2025 y registró en 2024 su primer año con beneficios.
Esta es la historia de una empresa que siempre nadó a contracorriente. Cada sección, una batalla.
Un apunte necesario antes de las batallas: los Durov no eran unos recién llegados cuando lanzaron Telegram. Ya habían fundado VK, la red social más popular de Rusia, y sabían exactamente lo que era enfrentarse a presiones políticas y empresariales. Telegram nació, en cierto sentido, como su segunda oportunidad de hacerlo bien: esta vez sin inversores que aplacar, sin consejo que convencer y con el cifrado por bandera desde el primer día.
Antes de pelearse con media humanidad, los Durov ya nadaban a contracorriente en lo más básico: el modelo de negocio. Telegram ofrecía —y ofrece— su núcleo gratis, sin anuncios invasivos y sin vender datos, mientras sus rivales vivían de la publicidad. Los manuales decían que eso era insostenible. Telegram respondió creciendo hasta los 1.000 millones de usuarios y monetizando solo por los bordes: anuncios en canales públicos desde 2021 y Telegram Premium desde 2022, sin tocar jamás la experiencia gratuita que usaba todo el mundo.
El resultado dejó en ridículo a los manuales: en 2024 la compañía declaró su primer año rentable, con más de 1.000 millones de dólares en ingresos. Demostraron que «gratis» no significa «ruinoso» si tienes escala planetaria y no regalas la empresa a los anunciantes. La contracorriente número cero fue, en realidad, la más importante de todas.
Para entender a Telegram hay que entender a los Durov. Pavel y Nikolai ya habían fundado VK, la red social más popular de Rusia, antes de crear su app de mensajería. Cuando lanzaron Telegram en 2013, el protagonista técnico era Nikolai, creador del protocolo de cifrado MTProto; Pavel ponía la visión y el dinero.
El choque era cuestión de tiempo. En 2018, el gobierno ruso ordenó bloquear Telegram por negarse a entregar las claves de cifrado de sus usuarios. La mayoría de las empresas habría negociado. Los Durov, no: aguantaron el bloqueo dos años, con los usuarios esquivándolo a diario, hasta que en 2020 las autoridades rusas tuvieron que levantarlo. Moraleja: si vas a enfrentarte a un Estado, más vale tener razón y tener usuarios leales.

Si pelearse con Rusia fuera poco, Telegram decidió también pelearse con el regulador financiero más temido del planeta. Entre 2018 y 2020 la compañía recaudó 1.700 millones de dólares para lanzar su criptomoneda Gram y la red TON. Era una de las mayores recaudaciones de la historia de las criptomonedas.
Entonces apareció la SEC, el regulador bursátil de Estados Unidos, que frenó la venta de los tokens. ¿El desenlace? En 2020 Telegram abandonó oficialmente el proyecto TON y tuvo que devolver el dinero. Mil setecientos millones de dólares esfumados en papeleo legal. Cualquier otra startup habría muerto ahí mismo. Telegram, no: siguió adelante como si nada.
Aquí viene lo más raro de todo: Telegram nunca aceptó capital riesgo tradicional. Mientras sus rivales levantaban rondas y más rondas diluyendo a sus fundadores, los Durov financiaron la empresa emitiendo bonos de deuda por unos 2.400 millones de dólares entre 2021 y 2024. Deuda, no acciones. Nada de fondos metiendo consejeros en el consejo ni presionando por la rentabilidad trimestral.
La monetización, cuando por fin llegó, también fue a su manera: anuncios en canales públicos a partir de 2021 y Telegram Premium en 2022, sin tocar el núcleo gratuito que usaban cientos de millones de personas. El resultado: en 2024 Telegram declaró su primer año rentable, con más de 1.000 millones de dólares en ingresos. Pavel Durov llegó a estimar la valoración de la compañía en unos 30.000 millones de dólares en 2024, en declaraciones al Financial Times. Sin haber vendido ni una sola acción a un fondo.
| Año | Adversario | Resultado |
|---|---|---|
| 2018-2020 | Gobierno ruso (bloqueo por el cifrado) | Telegram aguanta; el bloqueo se levanta |
| 2020 | SEC de EE. UU. (criptomoneda Gram) | Proyecto TON abandonado; la empresa sobrevive |
| 2021-2024 | El modelo del capital riesgo | Financiación con bonos; primer año rentable en 2024 |
| 2024 | Justicia francesa (detención de Durov) | Proceso judicial en curso; la app sigue creciendo |

En agosto de 2024, Pavel Durov fue detenido en Francia por cargos relacionados con la moderación de contenidos en la plataforma. El fundador de una app usada por mil millones de personas, esposado en un aeropuerto. El caso sigue su curso judicial y Durov continúa al frente de la compañía, pero el episodio dejó una pregunta flotando en el aire: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de quien construye la plaza pública digital?
Merece la pena detenerse en cómo se financió esta guerra. Entre 2021 y 2024, Telegram emitió bonos de deuda por unos 2.400 millones de dólares. Traducido: pidieron dinero prestado a inversores en lugar de venderles trozos de la empresa. Nada de rondas que diluyen a los fundadores, nada de fondos exigiendo un consejero en el consejo, nada de presiones por crecer a cualquier precio para justificar la valuación.
Fue una decisión tan a contracorriente como las demás: mientras el resto de tecnológicas competía por levantar rondas cada vez más grandes, Telegram se endeudaba tranquilamente y seguía siendo de sus fundadores al cien por cien. Cuando Pavel Durov estimó la valoración en unos 30.000 millones de dólares en 2024, no había vendido ni una sola acción para llegar ahí.
Detengámonos en la cifra: más de 1.000 millones de usuarios activos mensuales desde marzo de 2025. Mil millones. Es más que la población de Europa y América juntas. Y Telegram los consiguió sin gastar fortunas en marketing, sin preinstalarse en ningún teléfono, sin trucos: a base de ser rápido, de no caerse y de respetar al usuario cuando nadie más lo hacía.
Cada bloqueo, cada juicio y cada crisis le regaló a Telegram lo que el dinero no compra: credibilidad. Cuando un gobierno intenta censurarte y fracasa, millones de personas toman nota. La contracorriente, al final, también es una estrategia de marketing. Solo que nadie se atreve a copiarla.
Y sin embargo, ahí están los números: más de 1.000 millones de usuarios activos mensuales, empresa rentable, sede en Dubái y una independencia que casi ninguna tecnológica de su tamaño puede presumir. Telegram demostró que se puede llegar a lo más alto sin seguir el guion: sin venture capital, sin venderse, sin pedir perdón.
Si quieres usarla, aquí tienes Telegram gratis. Y si te gustan las historias de fundadores inconformistas, sigue con la historia de Discord o la de PayPal, otra que nació peleando contra todo.
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